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INTRO A “CAEMOS ELEVADOS”

Agosto 21, 2008

Acabo de tener un deja vu. Esta historia tiene que empezar así. Y digo tiene porque el deja vu es terriblemente arbitrario. Hay en todo el proceso ese sentimiento axiomático de lo que es irreversible. Fue hace un instante. Estaba Franklin Kaysedo cantando un tango en televisión y sentí un mareo en la cabeza. El deja vu es mayormente psíquico pero también se siente en el cuerpo. Kaysedo cantaba un tango tristísimo y oscuro y empezaron a venirme a la cabeza sentimientos irrefutables y arbitrarios pero que encerraban todo un sistema de sentido, que me incluía y a la vez me decía: acá empieza tu historia, tu verdadera historia, y es al mismo tiempo el instante en el que se te termina todo. Miré para la escalera y de la música se desprendía lo siguiente (como si fuera lo único que desde el principio hubiera estado viviendo constantemente): me venía que por alguna razón me iba a quedar así para siempre (y eso me asustaba); que ya había visto a ese tipo en Buenos Aires cuando era muy chico y ni siquiera me acordaba; que yo era culpable de todo eso que estaba sintiendo por algo que había hecho hacía un tiempo, porque me había enroscado de más; que iba a ir hasta el teléfono e iba a llamarlo a Yvot para decirle lo que me estaba pasando (que estaba trabado en un deja vu constante y absurdo); que ese llamado era irracional y que precisamente ahí estaba mi salvación; que en el momento en el que me iba a volver irreconocible ya no me iba a poder pasar nada malo; que en ese comportamiento ilógico me iba a salvar (porque en el fondo llegaba a asustarme hasta a mí mismo); y que la única manera de tomar el poder de las cosas era mediante la locura. Y cada cosa que se me venía a la cabeza me desesperaba un poco porque acrecentaba el sentimiento de lo ya vivido y a su vez acrecentaba el sentimiento más terrible, el de que me iba a quedar así para siempre. Y entonces adentro de todo eso, con una musica de fondo que ya no podía precisar de dónde venía, pensaba en cómo iba a ser la secuencia del teléfono; toda una charla con Yvot diciéndole lo que ya sabía que le iba a decir, todo el tiempo un segundo antes de decirlo, por ese puto deja vu que me empezaba a asustar de más. Y pensaba en Yvot porque era el único que podría llegar a entenderme, no se asustaría, me diría, ya sé, sos un boludo, enroscado, como siempre, estás flasheando, quedáte tranquilo que a mí me acaba de pasar lo mismo. Eso era lo que seguro me iba a contestar Yvot. Y yo iba a cortar el teléfono despacio. Y en ese silencio me iba a terminar de volver loco. Porque el deja vu iba a estar ahí. Y en ese preciso momento iba a sentir el poder de las cosas en el lóbulo de los ojos. Porque en la topografía corporal de la locura moderna, pensamos con Yvot hace un tiempo, este tipo de locura que te da poder (un poder raro que todavía no llego a precisar bien en qué consiste) está en el lóbulo de los ojos, y la paranoia en el estómago y se mueve de adentro para afuera.

De adentro

Para afuera.

Entonces las cosas dejaron de repetirse, y Franklin Kaysedo estaba ahí, cantando un tango terriblemente triste.

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LOS NUXEN ME PERSIGUEN

Agosto 7, 2008

Buenos Aires me persigue. Reconozco las calles por donde estoy corriendo. Me persiguen los Nuxen. Si sigo una cuadra más llego a la Gran Avenida. Me expongo más. Pero a la vez evito quedarme solo. Cuando llego a la anteúltima calle me veo en la disposición de elegir. Y doblo a la izquierda. Hay un terreno baldío entre todas las construcciones. Debería haber seguido, pienso mientras miro la amplitud de la calle, la ausencia de gente. Ahora tengo que correr una cuadra hasta la esquina y doblar a la derecha, donde, seguro, voy a encontrarme con una calle similar a esta, pero con la vista de la Gran Avenida llegando a la esquina. Tengo que llegar hasta ahí y volver a doblar a la derecha (si hubiera seguido por la calle anterior hubiera doblado a la izquierda en la Gran Avenida y no habría posibilidades de encontrarme de frente con los Nuxen). Pienso en meterme en el baldío y esperar a que pasen corriendo, pero podría ser peligroso, podría quedarme sin salida. Unas cuadras más abajo, hace un rato, cuando venía caminando con el Ecu, aparecieron los Nuxen. Íbamos caminando por Congreso, por una parte oscura y tibia, y yo le decía mirá eso y le señalaba un contenedor de basura con una flecha luminosa como las que hay en los peajes de las autopistas. Sí, me decía el Ecu, no lo había visto antes. Pasamos por una avenida. El Ecu quedó del otro lado. Mientras esperaba que el semáforo cambiara al verde aparecieron los Nuxen. Me reconocieron. Nos pusimos a hablar. Parecían amistosos en un primer momento, pero no pude sostener la charla y empecé a correr, sabiendo que ellos sabían quién era yo, y tratando de que no supieran dónde estaba parando ahora, por lo que decidí doblar una cuadra antes de llegar a la Gran Avenida.

Pude escapar. Tuve que viajar lejos. Estoy viviendo en Bahía Blanca. En Guemes 110. Salgo a comprar algo para comer. Entro en un kiosco que hay en una esquina. El tipo que atiende viene desde una L arquitectónica desde donde resuena un televisor prendido. Tengo hambre. Solamente hay cosas dulces. Cuánto sale eso, le pregunto y señalo un cono de dulce de leche. Diez pesos, me responde. Bueno gracias, le contesto, y salgo del lugar. Están locos, pienso y empiezo a caminar por Rondeau para abajo. Tiene que haber algo abierto; algún supermercado. Hay muchos árboles. Es una ciudad tranquila. Doy la vuelta manzana tratando de encontrar algo abierto, en donde poder comprar algo salado. No sé, a ciencia cierta, qué hora es. Llego hasta Guemes 110 y no pude comprar nada. Tengo hambre. Pero estoy lejos de los Nuxen.

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HAY QUE FUMAR

Agosto 6, 2008

- Hay que fumar – me dice.

- ¿Hay que fumar? – le pregunto.

- Sí- me contesta – por lo que eso significa.

- ¿Como gesto semiótico? – le digo.

- Sí, eso – me contesta – hay que fumar por lo que semióticamente dice el que fuma. Es un signo. Y muy fuerte. Un tipo solo en una calle fumando está emitiendo un mensaje muy fuerte que, aunque trivial, es rotundo y trascendente.

- Imaginemos – le digo para seguir con ese juego intelectual, mientras pienso en lo que acaba de decir – a una persona que se nos acerca. Para algo, no sé, para lo que fuere. Y para eso que se nos está acercando nos es imprescindible sacarle la ficha. No nos habla. Solamente tenemos su primera impresión. Que es algo, pero insuficiente, si no escuchamos su voz. Y por medio de una sola pregunta, que responderá con un monosílabo, podemos separarla en una de las dos grandes mitades significantes de la sociedad. En una de las dos, que si bien cada una encierra en sí misma una multiplicidad de posibilidades, el recorte es monstruoso y lo que esté diciendo esa persona con ese monosílabo nos tiene que servir para nuestros fines. Se acerca una persona. Le preguntamos ¿fumás? Y esa persona, que hasta hace un rato estaba parada en una línea bien delimitada, la del centro de las cosas, dice sí o no y se corre un paso para alguno de los dos lados. ¿Fumás? Sí. Y ya te dijo gran parte de su vida. Es lo primero que se le debería preguntar a una persona.

- Y si bien no hay una causa única para que alguien empiece a fumar, sí hay un patrón común, o por lo menos un abanico de posibilidades reducido, y no tan extenso. Por lo que fuera, pero por cualquiera de las razones posibles, esa persona fuma. Y si no lo hace lo mismo. Por una de las tantas razones posibles (pero a su vez acotadas) esa persona no fuma. Y esto es así de sencillo. Se fuma o no se fuma.

- Es verdad – le digo – fumar es un gesto semiótico. Pero vos empezaste diciendo otra cosa, quizá más discutible. Empezaste adscribiendo a ese gesto. El de fumar. Hay que fumar, me dijiste. Por lo que eso significa.

- Sí – me contesta – es verdad. Eso es lo que estaba diciendo. Que adscribo a todo lo que un cigarrillo en la boca está diciendo. A absolutamente todo lo que eso está diciendo.

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TODOS LOS HOMBRES SE ABURREN

Agosto 6, 2008

A las tres de la tarde en la calle Florencio Sánchez yo estaba buscando al coreano. Y en Florencio Sánchez antes de llegar a Salta el coreano estaba andando en bicicleta. Y entonces a esa hora y en ese lugar pude saludar al coreano. Estoy drogado me dijo el coreano. Sos un pelotudo le contesté yo. Ya fue me dijo el coreano. Sos un idiota le dije yo y después lo ataqué con un extenso discurso moral. ¿Estás yendo a la escuela? le pregunté después de terminar con todo ese largo discurso moral. No, me contestó el coreano. ¿Por qué? le pregunté yo. Porque me aburro me contestó el coreano. Sos un tarado le dije yo. Tenés que ir a la escuela y no drogarte más. Sí, ya se, me contestó el coreano. ¿Ahora qué haces? le pregunté al coreano. Voy a jalar pegamento, me dijo él. Sos un boludo le contesté yo. Jalar pegamento es de villero le dije. Si te querés drogar drogate bien boludo le dije. Y él me dijo que se iba a las vías. Y yo le dije que no se fuera, que me llevara en el caño de la bicicleta. Y él me dijo que se iba a jalar pegamento. Y yo le dije que quería ir con él, que lo acompañaba a jalar pegamento. Y entonces abrió la pierna derecha y yo me subí en el caño de la bicicleta. ¿A dónde vamos? le pregunté. Vamos a la ferretería me dijo él, vamos a comprar el pegamento. Yo entro, le dije. Bueno me dijo él. Una lata de Fortex le dije al de la ferretería. Tres con veinte me dijo él. Tome le dije yo. Gracias me dijo él. De nada le dije yo. Vamos a las vías me dijo el coreano. Vamos le dije yo. El coreano se sentó abajo de un árbol. El coreano sacó una bolsa de nylon y abrió la lata que yo había comprado recién. El coreano con un palo metió pegamento en la bolsa. El coreano me miró y se rió mientras ponía el pegamento en la bolsa. El coreano tiene los dedos con mugre. El coreano tiene manchas en el pantalón. El coreano tiene el pelo sucio y enredado. El coreano usa topper de lona. El coreano agarra la bolsa desde arriba con una mano. El coreano mete la boca en el espacio que queda en su mano. El coreano sopla e infla la bolsa. El coreano aspira y la bolsa se vacía adentro de él. El coreano gesticula algo como si fuera un idiota. El coreano se queda un poco así como un idiota y vuelve a hablar con palabras normales. El coreano me mira y se ríe de nuevo. AHORA YO le digo. Y entonces yo. Yo agarro la bolsa que tiene el coreano. Yo me fijo y veo lo que tiene la bolsa. Yo puedo ver una pasta verde adentro de la bolsa que me da el coreano. Yo cierro la bolsa como lo hizo el coreano. Yo soplo como sopló el coreano. Yo aspiro como aspiró el coreano. Yo me veo a mí mismo haciendo algo que dura cuatro segundos. Yo veo esa misma acción repitiéndose una y otra vez. Yo escucho que esa Secuencia tiene sonido. Yo escucho que ese sonido se divide en tres partes. Yo escucho que ese sonido se repite en cada Secuencia como “quedó algo cerrado”. Yo veo que la imagen se repite una y otra vez. Yo siento que lo que estoy haciendo se repite una y otra vez. Yo siento que todo lo que estoy haciendo se repite una y otra vez. Yo siento que el coreano me mira. Yo siento que puedo hablar con el coreano que está al lado mío mirándome. Yo siento que el coreano se está riendo. El coreano vuelve a agarrar la bolsa y vuelve a jalar. Yo vuelvo a agarrar la bolsa y vuelvo a jalar. El coreano vuelve a agarrar la bolsa y vuelve a jalar. Yo vuelvo a agarrar la bolsa y vuelvo a jalar. El coreano vuelve a agarrar la bolsa y vuelve a jalar. Yo agarro la bolsa, la abro, y veo que la pasta que estaba verde ahora es transparente.
En las vías no pasa nadie. Creo que el coreano habló. Creo que dijo: “cuando las vías son tu paseo habitual”. Pero no tiene mucho sentido. Además el coreano no diría algo así. Además esta ahí con la boca adentro de la bolsa, en otro lado. Entonces me levanto y bajo hasta las vías (estábamos abajo de un árbol, donde el terreno sube un poco y hay una pared con un alambre que casi toca la calle bien pavimentada que va a Sarmiento y que separa las vías del barrio en donde se acumula la mayor cantidad del capital de esta ciudad) y me pongo al sol y espero a que el coreano vuelva para no irme así no más sin decirle algo como despedida, para que entienda que me estoy yendo. Entonces el coreano me mira desde abajo del árbol. Y yo pongo los ojos chinos por el sol y le digo me voy a la mierda. Y el coreano se levanta y me dice esperá que te llevo. Y yo le digo no, no te hagas drama, seguí jalando. Y el coreano me dice que soy un puto. Y yo me voy caminando despacio por las vías. Y camino abajo del sol. Y no sé bien por dónde salgo y camino entre las casas vacías, por las calles vacías de la siesta. Y voy pensando en el gusto en la garganta, todo el tiempo el gusto en la garganta, como infectado, y los ojos también como afiebrados, y más que nada después de haber estado ahí en las vías es el gusto en la garganta todo el tiempo. Y llego hasta una parada de colectivos y paro la 517 y el colectivo viaja y yo no pienso en cosas como suelo pensar y pienso solamente en una cosa y es en el gusto que tengo en la garganta y el calor en los ojos. Y cuando llego a mi casa es de día y es temprano y voy a mi pieza y cierro la ventana y cierro la puerta y todo es calmo y es de día y me acuesto y duermo y me despierto con calor pero temblando y siento el olor del pegamento en la ropa transpirada. Y duermo un poco y me despierto y me saco la ropa y me siento sucio y me veo al espejo y me veo con barba y me siento sucio y me miro las manos y tienen pegamento y me siento sucio y me saco toda la ropa y me veo la panza y me veo el pecho y me veo los ojos rojos y me veo el pelo despeinado y me siento sucio. Y me baño.

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COCAÍNA EN BILLETES DE DOS PESOS

Agosto 6, 2008

Si yo digo “estamos acá tomando cocaína en billetes de dos pesos”, estoy diciendo también que somos tipos pobres (en la acepción económica y moral del término). Tipos pobres y a la vez pobres tipos. El costado moral del término “pobre” trae aparejada una connotación negativa. Pero tratemos sin embargo de ver al “empobrecimiento” de la moral (de nuestra moral) como algo neutro, azaroso, e inocente. La circunstancia es, entonces, que por lo pronto no tenemos un billete de más valor para tomar cocaína; y que estamos, en efecto (por una de las infinitas razones posibles), tomando cocaína. Esta calificación de tipos pobres (en nosotros también de pobres tipos) está diciendo muy pocas cosas. A saber: la ausencia de moral hoy por hoy no dice mucho acerca de la personalidad de los individuos y su carencia económica puede ser pasajera (quizá no obstante sea ésto lo que más esté diciendo).

Que estamos tomando cocaína no nos dice nada, y que lo estemos haciendo en billetes de dos pesos nos está diciendo muy poca cosa. Hay un juego de valores (otra vez es un juego semántico: es decir económica y moralmente) pero no es más que un juego. La imagen nuestra tomando cocaína en billetes de dos pesos tiene un tinte lúdico.

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HAY QUE LEER A LUGONES

Agosto 6, 2008

Estuve leyendo a Lugones. No leí nada critico sobre él. Lo desconozco, solamente esto: las montañas del oro. Y debo admitir mi sorpresa. Encontré un gran poeta oscuro. Nunca me imaginé que podía ser tan oscuro. Leo menos poesía que prosa. Podría decirse que entiendo menos de poesía. Pero si hay algo que me pone muy bien es encontrarme con un gran poeta, así como una mala poesía me pone de mal humor. Con la prosa es distinto. Siempre se puede sacar algo, hasta de un mal prosista. Por eso no escribo poesía. Porque no podría. Pero la oscuridad de Lugones es realmente antológica. Es un poeta maldito en castellano. Por eso hay que leerlo. Porque tiene, realmente, toda la maldición del mundo encima, y no se pierde la música al leerlo en castellano. Una música también oscura, fulminante. Tengo la imagen de un perro que le ladra al mar. La veo. Lugones me dice que le brillan los dientes, pero no los ojos, porque es ciego. Y es de noche. Como siempre. Y la boca abierta es roja, como la sangre y como la venganza. Hay en todo momento una lectura semiótica. Porque en esa boca también está el hambre. Y cuando el alma de Lugones se mete en ese perro, el perro siente en sus ojos secos (así es como lo dice) incendios de alcohol sobre los miedos. Sí: hay que leer a Lugones.

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NO PUEDO

Agosto 6, 2008

Cómo hacer para irme de tanto brillo. Tengo dos imágenes en la cabeza que corresponden mucho más a esta época. O no. En realidad no se. Creo que salen de una película: Morvern Callar. La primera es casi necrófila. Morvern esta tirada en el piso y acaricia la mano de su novio muerto, que se acaba de suicidar. Hay en sus ojos un amor sincero, tan sincero que llega al estadío de la carne. Cuando uno toca un hierro frío lo que pasa es que se va calor del cuerpo. Y Morvern al tocar la mano de su novio le da un poco de ese calor. La imagen es bastante linda. Pero después Morvern lo mete en la bañera y lo corta en pedazos. Se pone unos walkmans y escuchando unos discos de su propio novio lo corta en pedazos. La otra imagen no se en realidad de dónde es. Pero sigue siendo una mujer el personaje principal de la acción. Camina por un cementerio. Van pasando las tumbas. Se para en una tumba y agarra una flor roja del florero. El día recién amanece. Después de agarrar la flor sigue caminando. Vuelven, entonces, a pasar las tumbas. Ahora camina con la flor en la mano. Después de un rato se para frente a otra tumba. Pone la flor en el florero y ahora sí se arrodilla y llora. Esta, pienso, también es una linda imagen. La chica va a visitar a su muerto pero antes roba una flor de otra tumba. Una recorrida por el cementerio buscando a quién sacársela. Y lo único que puede guiar esa búsqueda es la flor más roja. Profanar lo sagrado ajeno y resacralizarlo en el propio espacio, doblemente sagrado.

Tengo que ir al cementerio. Es una deuda pendiente. Tengo gente que podría visitar. Algunos amigos y mi abuelo. Sí: más amigos que abuelos. Es algo raro. Hace un tiempo quise ir. Tenía el auto y no tenia nada que hacer. Eran las seis de la tarde, pero como oscurecía tarde fui. El recorrido es raro. Antes de llegar al empedrado pasas por una villa. Una especie de submundo dantesco que prefigura el ambiente mortuorio que vas a visitar. Alguna que otra vez he ido a una villa pero con fines específicos. Esto era como un paso hacia otra cosa. Alguna gente parada a los costados de la ruta me mira cuando paro en los zerruchos. Se ven los pasillos que se pierden en lugares cada vez más bajos (topográficamente). Y a su vez la ruta baja un poco. Voy solo. Y mientras tanto pienso que voy a visitar gente, porque eso es lo que voy a hacer; gente que tendría que haber visitado antes. Alguna sustancia química se altera en el cuerpo. Y cuando llego al empedrado desaparece la gente. Nadie. Doblo y no veo ningún movimiento cerca del inmenso paredón del cementerio. Llego a la puerta y veo que hay rejas cerrando el paso. Me acerco con el auto y veo que el horario dice: de 7 a 17 hs. El vacío. Dejo un rato el auto en marcha. Es un momento raro. Y no hay un alma humana por ahí cerca. Entonces tengo la necesidad de ir a esa pieza que representa la generación del doble cero. Porque existe. Y voy. Es un pasillo largo, donde suelen recibirme. Llego. Toco el timbre. Espero. Pero acá tampoco me atiende nadie. La puerta esta vez no se abre. No hay señales de vida. En el cementerio una reja terrible y un horario como único tipo posible de comunicación. Acá la puerta no se abre. Y yo con la necesidad de acostarme en la cama con los ojos muy abiertos. No es un buen día. Entonces vuelvo a casa con la natural impotencia que caracteriza a un tipo cualquiera. Solamente tengo una certeza. De todo esto es lo único que puedo sacar. “No puedo”. Nada más.

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LOS NOVENTA

Agosto 6, 2008

Si hay resaca es porque hubo fiesta. Trato de entender qué está pasando ahora, cuando salgo a la calle, y hay todo el tiempo como un dolor de estómago. Crecí en los noventa. Y ahora crecido podría considerarme de la generación del doble cero. Encuentro que falta un espíritu que antes había. Pienso en los noventa y desde mi visión casi infantil veo una pared graffiteada. Un tipo de pelo rubio, algo sucio, de una suciedad estética, con la ropa también algo rota, que mira un punto fijo mientras piensa en suicidarse. Pero es un suicidio dulce, de un pesimismo pletórico, estético. Se ven porristas que saltan en cámara lenta mientras una voz gastada nos grita que todo es vacío. Pero el que nos grita lleva una remera a rayas negra y verde y abajo una camiseta manga larga. Entonces uno piensa que no todo puede ser tan triste. Ahora, veo, es distinto. Está la sensación de que pasó algo, y que en efecto, eso ya pasó. Los noventa nunca dejaron de ser coloridos.

En Argentina había una especie de fiesta. Y pienso que lo que quedó de todo eso hoy acá es una dura resaca y la adicción. La generación del doble cero sigue consumiendo pero ya no por diversión, sino por aburrimiento y tedio; porque no hay nada para hacer. Hay en algún lugar de este tiempo una pieza en donde estamos consumiendo solos, tres personas, con posters de minas en bolas en la pared. Y esa pieza, pienso, es un reflejo de esta época. Eso es todo lo que quedó de anoche. Las minas en la más cruda reproducción técnica. La droga como una circunstancia más de lo vacío, como una necesidad en la sangre para soportar ese vacío. Algo que no se cuestiona. Que esta ahí y listo. Nada: la lógica química que la sangre necesita para estar despiertos. Y no hacemos nada. Consumimos, nos acostamos en la cama con los ojos abiertos y miramos las infinitas fotos que hay en las paredes. La sensación es que ya pasó todo, no hay nada para hacer, y solamente nos quedó la adicción en la sangre (improductiva, insustancial) que se amolda a los largos momentos del tedio.

Pero eso lo veo ahora, desde la mitad de esta nueva década. Pero cuando era chico los noventa eran otra cosa, porque el mundo seguía regido por la óptica adulta de un noticiero en la televisión. Dibujos animados y después la óptica adulta de los noventa. Cuando uno es chico crece aceptando el mundo que se nos presenta: las cosas son así. Esta es la lógica de la vida. Estas son las personas lógicas de la tierra en que vivimos. Cuando era chico, entonces, veía dos cosas claramente diferenciadas, pero que mantenían seguramente para mi mente infantil, una lógica de reciprocidad. Corren los años noventa y con Menem aparecen unas extrañas criaturas. Esto es lo primero que veo siendo un nene. Veo en la televisión a un hombre de camisas lisérgicas que canta cumbia. Baila solo en una quinta privada y el viento lo despeina. La imagen es triste y bizarra. En sus shows la gente no se viste igual que él, pero hay en todos esos ojos (adultos) un imperceptible rasgo de corrupción. Escucho a Ricky Maravilla que canta “camarón que se duerme se lo lleva la corriente”. Y también está Alcides con plateados psicodélicos. Y Pocho la pantera, y el Pastor Giménez van constituyendo un imaginario infantil de la realidad política, cultural, social del lugar en el que estoy parado. Son las criaturas de un Hunter Thompson del subdesarrollo. Criaturas que no fueron pensadas para ser producidas en serie, producto de un mal viaje de ácido rancio. Y por el otro lado me encuentro siendo un chico, entrar al baño de mi casa y encontrar en el piso alguna revista “Humor”. Y ahí una construcción recurrente, que hacía volar a mi mente infantil: Tercer Mundo. Durante el recorrido de todas esas páginas la misma construcción a manera de zahir. Oponiéndose a un Primer Mundo lejano. Y sin entender demasiado uno se daba cuenta de que eso significaba que estábamos muy lejos de algo importante, que signaba nuestra periferia en términos de jerarquía numérica. Estábamos a un grado dos de donde pasaban las cosas. Y mientras tanto Riky Maravilla brillaba abajo de un reflector inmenso. Brillaba su camisa y su frente acuosa. Brillaban los secos rulos de Alcides. Y Pocho la pantera metía la cabeza abajo de una ducha para salir a escena en un cabaret porteño. Y el Pastor Giménez como un cantante de cumbia triste nos decía cosas casi llorando. Porque hay que salvarnos. Y la Tetamanti estaba en un hotel de Belgrano con su propia cabeza entre sus propias piernas. Y en todas esas portadas había gente monstruosa con gatos en la cabeza. Y cada dos por tres una teta. Son los noventa. Y esto es el Tercer Mundo. Las imágenes me reciben: bienvenido.

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MIERDA DEL OCÉANO

Agosto 6, 2008

Voy a partrir de una imagen. Creo que la saqué de Barthes. No me importaría cometer un crimen académico y atribuir una imagen a un autor erróneo. Es una imagen sobre el amor, sobre el objeto amado. Me detengo en el cuerpo de mi chica, supongamos. Lo estudio, lo estructuro por partes, lo miro detenidamente. Las partes del cuerpo, imaginamos que en una cama. Y trato, por medio de la observación de ese cuerpo, de entender qué es el amor. Y Barthes dice que esta imagen se parece a la de los chicos que desarmando un reloj tratan de entender lo que es el tiempo. Esa cosa abstracta por lo que la representa. El cuerpo de mi chica amada como significante de algo ambiguo, confuso. Es imposible enamorarse sin perder la dignidad. Sin convertirse en algo indigno. Es algo terrible, si se lo mira detenidamente, más allá de la contemplación idiota de un cuerpo hermoso. La relación amorosa, entiendo, es capaz de modificar un paradigma, la manera de ver el mundo. Pero lo hace desde la indignidad. Ese, creo, es el problema del amor. Ahora estoy solo y no imagino quién podría estar conmigo. Pienso en Cecilia de “el aburrimiento” película francesa. Y su lógica terrible sobre las cosas, y su capacidad extraña para generar una atracción sexual-amorosa. El amor como algo frívolo: “no siente cariño por nadie” dice su propia madre. Cariño. Así debería representarse el amor. Y en Cecilia, peor aun, por la ausencia de ese “cariño”. Hace dos años yo escribía cosas como ésta:

“Esta puede ser una carta de amor aunque tenga palabras como coger y mierda. Yo no soy una buena persona, caritativa, pero si cogemos prefiero que acabés vos antes que yo; y eso es amor. Solo tu placer se subordina al mío. Hay gente que lo único que busca es eyacular, lo escuché decir a Syms, no importa dónde, en un culo, en un pato, en el abuelo. La otra gente, que busca el placer del otro, dijo, es una gota de licor en un océano de mierda. Yo tampoco soy de esa gente; no es el otro lo que me convierte en licor; sos vos y nada más. Siempre soy la mierda del océano, salvo en aquellas muy marcadas excepciones.”

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LA FIEBRE SE FUE

Agosto 6, 2008

La fiebre se fue. Solamente quedó un vaso de agua vacío en mi mesa de luz. Fui al medico. Me hice algunos análisis. La señora que me sacó sangre fue la primera que no me dijo “mirá para allá” mientras me ponía la aguja. Todas las demás siempre me lo dijeron. Entonces vi cómo me sacaban la sangre. Por un momento pensé que eso podía molestarle. Siempre pienso que no quieren que miremos. La jeringa se llena de a poco de sangre bordó. Mientras miro cómo el borde empieza a subir imagino que la enfermera está sonriendo. No sé porqué. Creo que está satisfecha con que mire. El momento de la jeringa es muy estético. La enfermera me cae bien, pienso que quiso compartir ese momento conmigo.

- ¿Qué te pasa? - me preguntó cuando entré. Se refería a por qué me iba a sacar sangre.

- Nada - le dije mientras le daba el frasco de orina- estoy un poco mareado.

- ¿Qué estudias?

- Letras.

Cuando terminó de sacarme la sangre me dijo “¿todo bien?” mientras me daba un algodón. Sí, le conteste, perfecto. Después me saqué una radiografía de tórax. “Te vas a tener que sacar la cadenita” me dijo otra señora. Solo no pude entonces me la sacó ella. “¿el arito también?” le pregunté. No, me dijo, eso no hay problema. Entonces tambien esta señora me cayó bien. Si me decía que me lo tenía que sacar me hubiera molestado. A partir de las 17 tenés los resultados. Gracias, le dije. De nada.

Fui a buscar los resultados y fui al doctor a mostrárselos. Cuando me bajé del auto tuve un pensamiento que no tenía nada que ver con la situación de los análisis. Cuatro palabras que no entendí muy bien a qué venían. Mientras cierro la puerta del auto pienso “hay que contar todo”. ¿Contar qué? me pregunté después. La consigna es clara: todo, absolutamente. Entonces entré a lo del doctor. Cómo estás. Bien. Me siento y empieza a ver los análisis. Mientras él los mira yo miro una foto en su escritorio. Una foto de algo monstruoso. No tenés nada me dice. Está todo bien. Puede ser el estrés. O algo anímico. Entonces se pone a hablar del accidente de un amigo mío. Habla un rato. ¿Era tu mejor amigo? me pregunta. No se bien qué responderle. Tengo varios amigos. Todos son buenos amigos.  Sí, le contesto, lo conocia de muy chico. No podria explicarle todo esto al doctor. No viene al caso. Nada de lo que estamos hablando viene al caso. Él sigue hablando y me dice alguna otra cosa. ¿Qué es esto? le pregunto señalando la foto de la cosa verde. Me doy cuenta de que cambié de tema abruptamente. Es la bacteria de la sarna me dice. Es muy estético le contesto. Le han sacado una foto con un lente importante me dice. Es una bacteria que se te mete en la piel y hace que te pique. Uno no piensa en la sarna hasta que la tiene supongo. Debe ser algo terrible. Una picazón que al rascarte te da un placer inmenso para darte un terrible dolor inmediatamente después de haberte rascado. Supongo que es una tortura. Cuando salí del consultorio el doctor me dio una palmada en la espalda, como diciendo ya se. Me sentí muy chico, el doctor es alto y  me sentí un nene. Cuando salí me dio lastima él y yo mismo me di un poco de lastima también. Todo me dio lastima. La gente buena, todo, me dio ganas de llorar. No se porqué. Ese doctor que no tendría porqué decirme nada me pregunta por mi amigo. Es un tipo bueno, se nota. Y me da lastima no se porqué. La gente buena me da lastima. Y yo a veces también.

Cuando llegué a mi casa me sentí mejor porque sabía que no tenía nada. Cuando tengas que jugar al fútbol jugá me dijo el doctor. La última sensación al salir del consultorio duró hasta la noche. Y también: hay que contar todo. Miré un rato televisión. Cené. Me quedé hasta tarde mirando televisión. La noche anterior me había dormido muy tarde, no se porqué. Me tomé una pastilla para dormir. Seguí mirando televisión. Y de pronto está esta nueva lógica. Estoy en un boliche. Todo es sucio. Hay charcos en el piso. Todo es muy oscuro. Y somos tres caminando entre la gente. Un lugar muy grande, como un patio. Arriba a diez metros hay como unas estructuras donde la gente baila, como vigas donde la gente camina haciendo equilibrio. Y más arriba está el cielo oscuro pero visible. De pronto entre cuatro agarran a uno que estaba ahí parado. Todos arriba. No se ve bien sobre qué están parados. Lo desnudan y entre los cuatro lo tiran para abajo. No puedo creer lo que veo. Cierro los ojos antes de que llegue al piso. Tengo miedo de abrir los ojos y ver que, en efecto, hay una persona reventada contra el suelo. Cuando los abro veo el vaso de agua vacío.