Básicamente pudo gracias a Samuel, quien le pagó el pasaje a Chile. Samuel, desde la segunda llegada conflictiva del colombiano a la ciudad, decidió apadrinarlo de alguna manera. Le compró ropa, comida, horas de internet en un cyber. Lo acompañó hasta la primera cuadra de la calle San Juan, para dar pero también para pedir explicaciones, desobedeciendo una orden judicial que prohibía al colombiano acercarse a un radio menor a seis cuadras de la casa de la menor, y fue despedido de manera violenta por parte de los familiares. Ya antes al colombiano hermanos de la menor le habían pegado, mientras él solamente se limitó a taparse la cabeza y quedarse quieto en el piso sin hacer otra cosa más que soportar. Capaz un sentimiento sencillo, de lástima, hizo que Samuel moviera todos sus hilos para atenuar la sacrificada existencia del colombiano. “Lo vi bajar las escaleras de la pieza de Samuel”, dijo la Foca, “con un vaso inmenso de cristal lleno de yogurt y galletitas en una mano, con una sonrisa de oreja a oreja”. “Samuel vuela”, dijo la Foca. Compra libros sobre marketing inmobiliario y los lee en la pieza que alquila. Va a conferencias en hoteles importantes sobre mercado inmobiliario y comparte con los conferencistas opiniones diversas en relación a dicho mercado. Pero Samuel no tiene propiedades para vender ni piensa comprar nada. Es músico y lo único que lo acerca a ese mundo son los libros que compra y las conferencias a las que asiste, en calidad de no se sabe bien qué. “Samuel vuela” dice la Foca, y sigue hablando de Samuel cuando uno le pregunta por el colombiano. El colombiano ya pasó la frontera y la Foca intenta no pensar en la suerte que pueda estar teniendo. Algo de lástima mezclada con un poco de culpa lo hacen plantearse esta estrategia. Sentimientos que, al parecer, el colombiano sabe muy bien despertar en las personas. La Foca no quiere saber nada del colombiano: si pudo pasar la frontera de Chile con Bolivia, si los padres lo van a recibir como un hijo legítimo cuando llegue a Colombia, o si alguna vez va a poder al fin de cuentas encontrarse de nuevo con la menor en algún lugar inhóspito del Globo.
El colombiano básicamente no pudo pasar la frontera. Cerca de Junín de los Andes la autoridad fronteriza correspondiente les informó (a él y a la menor) que había una orden de captura y que nadie podía pasar a ningún lado. Lo que se hizo fue llamar al Padre de la menor para que fuera a buscarla hasta aquel puesto de frontera, quien decidió levantar los cargos contra el colombiano y traerlo de vuelta con ellos en el auto. Levantó los cargos básicamente por ser consciente del amor que su hija siempre le tuvo al supuesto secuestrador. Pero llegados a Neuquén decidió jugar sucio. En un momento en que el colombiano bajó a una estación de servicio para ir al baño, el Padre sacó del auto la mochila del colombiano y sencillamente siguió viaje. El colombiano, según él mismo dijo, cuando salió y vio la mochila en la estación de servicio lo que hizo fue “caminar hasta Choele Choel”, es decir algo más de 200 Km. De ahí llegó hasta Bahía Blanca de alguna forma y, según la Foca, ahora “vive abajo de un árbol” mientras busca trabajo para volverse a Colombia. Ese “abajo de un árbol” en realidad significa “en un galpón cerca del Cholo”. Esto último porque la familia de la menor, obviamente, ya no está dispuesta a hospedar al colombiano. La menor, por su parte, fue llevada a 80 Km de su casa y obligada a escribirle una carta al colombiano, de puño y letra donde le dice que ya no lo quiere, que se vuelva a Colombia y que empiece otra vez una nueva vida. El colombiano, mientras tanto, sigue entre nosotros, haciendo el recorrido que hay desde El Cholo hasta el centro de la ciudad y piensa cómo hacer para que todo se solucione; es decir: piensa cómo juntar “x” cantidad de plata, cómo encontrarse de nuevo con la menor, y cómo de nuevo mientras ésta no cumpla los 21 poder pasar la puta frontera argentina.
Tengo que decir cómo son las cosas, todo lo que está pasando, aunque no sea para nada todo lo que está pasando, ni siquiera la gran parte de las cosas que están pasando, sino algo anecdótico en realidad, de barrilete que anda por ahí y se cruza gente. A Yiyo lo llaman por celular y es un policía que lo acusa de ser cómplice del secuestro de una menor. Que un colombiano que estaba viviendo en el domicilio de esta menor etcétera y que él es cómplice en tanto no de información sobre este colombiano. Y Yiyo no sabe nada del colombiano. No sabe que vino de Colombia “por tierra”, porque es más barato, que estaba parando en la casa de la menor con la familia de ésta que lo decidió hospedar, en una casa que en realidad son tres, en la primera cuadra de la calle San Juan, la madre de la menor y algunos hermanos en una de las tres casas, y el padre en otra alrededor de un patio porque son separados. No sabe que el colombiano tiene pensado jugar al fútbol en la primera de Guatemala (acá llegó con la intención de jugar en Olimpo), pero sí sabe que antes estuvo probándose en Brasil, y también conoce las escasas capacidades del colombiano para jugar al fútbol porque en más de una vez jugó con él. Y entonces no sé qué número le quiere dar al policía que le pregunta adónde están el colombiano y la menor, e Ignacio le agarra el teléfono y lo manda a la mierda al policía. Así nomás en una primera instancia y después otro policía lo llama de nuevo a Yiyo, cuando ya está en su casa. Cae una mina al otro día etcétera.
La foca el día anterior a todo ésto llegó al parque en el auto violeta con el colombiano atrás y le preguntó a Yiyo si tenía las llaves de su casa jodiendo, para ponerlas “en la mochila del colombiano”, y nos cagamos todos de risa. Jugamos al fútbol y al toque el colombiano se va con la menor, para el lado de Chile, y entonces ahí se hace una denuncia y la policía empieza a investigar.
Después, todo lo demás, es LA COSA COTIDIANA.
Cristina no quería que saliéramos a la ruta así, siendo la noche tan cerrada y cayendo la lluvia como estaba cayendo. Yo le dije que a mí la lluvia me gustaba mucho, y que lo disfrutara, que no había posibilidad ninguna de chocar con otro auto. Le dije que manejar en la ruta con lluvia no era algo nuevo. Le conté cuando manejando en una ruta brasilera, confundido por una señalización diferente a la nuestra (líneas discontinuas en curvas y subidas), vi venir un auto de frente, un juego de luces mientras pasaba un camión, y tuve tiempo de mirar por el espejo y ver a mi familia dormir o jugar cartas mientras nadie se había dado cuenta del peligro que estábamos corriendo, y cómo me latió el corazón aquella vez. Suelo decirle con cierto placer cosas que me gustan y que pertenecen a nada diáfano: las noches cerradas, los gatos, los lémures que parecen salidos de neuropsiquiátricos, los rayos y los truenos, la locura. Lo mismo pasa con Pastor: una vez estando metidos en el mar el día se transformó rápido, el cielo se hizo negro y el calor excesivo se volvió un viento frío, y yo le dije que me gustaban las tormentas. Él las consideró algo caótico y me señaló el otro lado del mar, la parte de cielo todavía celeste. Pero más allá de esa ratificación de identidad (la afirmación de gusto por ciertas cosas oscuras), volver solo en la ruta cerrada en este caso particular, después de haber dejado a Cristina, fue raro; algo hubo que se relacionó adentro mío con la tormenta que estaba pasando por afuera del auto: un impulso de arriesgar la propia vida gratuitamente. Así, en ese plan tácito conmigo mismo, hice la vuelta en la ruta. Y hubo una curva en especial que después, cuando ya había llegado a mi casa y habían pasado algunas horas, costó sacarme de la cabeza, persistió en una sensación angustiosa ¿Qué necesidad tenía de pasar un auto en una curva, a 100 km/h con la posibilidad de que estuviese viniendo otro auto de frente, en la oscuridad cerrada mientras los limpiaparabrisas iban rápido y hacían el ruido que estaban haciendo? ¿Cuánto tardé en bajar los niveles de lo que haya producido químicamente en esa curva, y por qué esa sensación posterior de profundo decaimiento? Me pareció cocainómana, tanto la primera vertiginosa sensación de no saber si estaba viniendo algún auto de frente, como la posterior sensación de desamparo espiritual. Me sentí solo, después de haber arriesgado la vida de manera estúpida, y sentí que esa soledad era una decisión mía, y que iba a ser más adelante, cuando tuviera que serlo, una responsabilidad imposible de denegar a ninguna persona. Decidí no volver a hacerlo nunca más, tomar un riesgo de esa manera, y entonces me di cuenta de que no, que esas cosas van a volver, que es difícil en determinados contextos manejar ciertos impulsos, y que además al fin de cuentas esos impulsos son, así como las afirmaciones de gusto por ciertas cosas oscuras, una ratificación quizá algo extrema de identidad.
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EN MIS SUEÑOS LE DECÍA A CRISTINA QUE LE SACARA UNA FOTO A TODO LO QUE PUDIESE, A ESOS ANIMALES QUE ESTABAN SANGRANDO AL COSTADO DE LA RUTA, QUE APROVECHARA EL ÁNGULO DE VISIÓN QUE NOS DABA LA SUBIDA PORQUE ARRIBA HABÍAN MÁS, ANIMALES COMO PUESTOS CON MUECAS MUY RARAS, ABAJO DEL SOL, Y CRISTINA SE REÍA, DISFRUTABA TODO ESO TANTO COMO LO ESTABA DISFRUTANDO YO.
Hoy mientras estaba sentado en una oficina burocrática del Estado, haciendo tiempo para el comienzo de un acto público, pensé en diferentes cosas. El lugar estaba iluminado y había algunas personas sentadas en pupitres esperando actos o sencillamente habiéndolos pasado. Afuera hacía frío y estaba gris. El contraste entre los dos tipos de iluminación (la blanca del interior de esa oficina estatal y la gris natural del ambiente externo) produjo en mí cierta depresión suave. Y entonces pensé cosas. Pensé en los objetos de consumo, sentí en mi cuerpo el efecto de miles de objetos consumidos a lo largo de los años. Pensé en los comestibles, bebibles, los que se meten en el organismo para diversos fines. Después pensé en los que no habían dejado ninguna marca pero que habían pasado al fin de cuentas: vestimenta, desodorantes, perfumes, lo que fuere, algún tipo de automóvil. Y entonces me acordé de un comienzo de texto, inédito, que una vez me pasó Kosac mientras chateábamos y que tengo en algún lugar de mi disco rígido. Es el comienzo de una novela (novela nueva) que tiene un párrafo inicial y deriva rápidamente en un largo diálogo virtual que va subiendo de tono, literatura erótica pero con algo más de fuerza que lo que encierra esa palabra comúnmente. Es decir: algo que va más allá del erotismo, o no (en realidad de ésto no estoy seguro, no sé mucho de erotismo, me acordaba solamente del primer párrafo ese inicial, que en principio no presenta nada erótico). Me acordaba de ese párrafo, básicamente, por una oración concreta, que a fuerza de efectividad literaria, Kosac hizo en su momento que se me quedara grabada, y que tiene que ver con todo ese pensamiento gratuito de los objetos de consumo: “en esos años comió bastante y compró objetos”. Eso dice la frase, y su recuerdo preciso hizo que volviera a mi rígido, después de verdaderamente mucho tiempo y releyera todo el comienzo de ese párrafo: “Así empieza la novela:” (esto lo dice el propio párrafo, “así empieza la novela” dice el párrafo y sigue “en un cotorro terso como sábanas de algodón hay una pila de libros, pero no en los estantes de la biblioteca sino en el piso. El pibe está hace cuatro horas ahí y no hace nada visible. Nomás tirado en un rincón mirando la pila o cerca. Ya hizo cosas visibles antes: gente hubo alrededor que se movía y él también se movía, en esos años comió bastante y compró objetos.”
Separé los objetos en dos grandes grupos: los que dejan marcas en el cuerpo y los que no. Pensé en cadenitas de plata colgando, relojes que fueron cambiando, incluso en la presencia o no de reloj en la muñeca como signo visible. Ahí había algo, en la visibilidad del signo. El clonazepam es un objeto visible, y deja marcas en el cuerpo, además de en un encefalograma. La ropa es visible pero el guardaropa es cambiante. La comida también modifica el cuerpo. Distintos tipos de dieta hacen de nosotros diferentes personas. La vajilla es un objeto, los platos y los vasos, los más grandes y los más chicos. Todo lo que uno pudo haber ido acumulando, los vasos largos para tragos sacados de boliches. Lámparas y focos, distintos tipos de luces. Las mesas y las sillas, todo lo que fuera mobiliario. Los televisores. Los estantes llenos de libros. Y entonces el texto de Kosac como un objeto de consumo, recuperado para ser consumido nuevamente. No un libro, el texto ese que se divide en un párrafo compacto y en un diálogo más vertical, con presencia de mayúsculas fuertes que dicen cosas obscenas. Y así fui llegando más lejos. Manchas rosas en la piel por una alergia nerviosa. Las ojeras violetas por un mal sueño. La garganta roja. El estómago cerrado. Ciertos rasguños en los brazos por algún impulso. Los dedos y los dientes amarillos por la nicotina. Los ojos hinchados por una conjunción de cosas. Ya no los objetos de consumo que dejan marcas en el cuerpo, sino ahora el cuerpo como el mayor objeto de consumo.
ESTA CIUDAD DE MIERDA
Y LA CIUDAD DE AL LADO LO MISMO
SOÑÉ QUE ABRAZABA A JESÚS
AL LINYERA ESE QUE CANAL NUEVE ENCONTRÓ VIVIENDO EN UN NICHO DE GAS
EN CALLE LAS HERAS
A 2 CUADRAS DE LA PLAZA Y LE DECÍA
QUE MI NOVIA ESTABA JUNTANDO ROPA PARA DARLE Y LLORÁBAMOS LOS DOS
NO ´SE BIEN POR QUÉ MIERDA, HAY UN LLANTO QUE AVECES ME VIENE
COMO UNA EYACULACIÓN PRECOZ
QUE NO PUEDO CONTROLAR
Y ENTONCES ME DESPERTÉ ABRUMADO DE JESÚS (DE NAZARET) DE DIOS
DE LA PALABRA BÍBLICA
Y ME HICE CARGO DEL DIABLO
DE LOS SENTIMIENTOS MÁS HORRIBLES
DE LOS PENSAMIENTOS MÁS BAJOS
DE FORNICAR POR EJEMPLO
SIN AMOR
DE MENTIR POR EJEMPLO INCLUSO
EN AQUELLAS COSAS MÁS IMPORTANTES
EL ENEMIGO MI VIEJO
AVECES ES MÁS COMPRENSIVO QUE DIOS
ME ACEPTA ASÍ
COMO SOY CON TODA MI MIERDA
Y NO PIDE DE MÍ
LO QUE NO PUEDO DAR
LO QUE NO QUIERO
NO ME DICE QUE SEA
LO QUE NO SOY
NI TAMPOCO ME PROMETE VIDA ETERNA
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Ésto podría llegar a ser la historia de una foto que no fue sacada, o todo lo demás. Es decir: todo lo que hay atrás de esa foto no hecha. Algo seguramente difícil, en el orden de lo sagrado, de la mancha, de la muerte, de un entierro obsceno. Hice todas las fotos menos una, algo acordado tácitamente con Facundo aunque no (en realidad todo fue verbal y explícito) que mejor la foto de las tripas al gato muerto abierto negro no la hiciéramos. Entonces quedaron todas las demás. El gato afuera del pozo, lleno de moscas con algunas heridas y después la tumba hecha con una baldosa en la frondosidad verde de la calle Córdoba. Córdoba desde hoy tiene su muerto y está bien que así sea. Y está bien que ese muerto sea un gato negro aparecido que se resistió incluso al entierro, y terminó abriéndose en el aire para quedar expuesto adentro del pozo con las tripas a la vista, terribles, probando no sé bien qué cosa de lo que estábamos haciendo con él. Cuando entramos el primer indicio fue una nube de moscas en un rincón y la figura de algo muerto azabache abajo. Lo segundo, la demoledora presencia de la muerte, fue un olor penetrante, de temprana descomposición. La mueca del gato era una mueca maldita. Córdoba ahora está maldita como el gato negro abierto, como nosotros que intentamos hacerle una sagrada sepultura, pero terminamos haciendo algo más bien de índole profana. Hay una habitación atrás, con una planta dada vuelta esperando por dos monstruos también invertidos y muertos que van a llenar de olor esa pieza, un olor fuerte también y con una presencia mortuoria. Estamos manchados. Así salimos de nuevo a la calle a tomar cervezas y seguir fumando hasta quedar distorsionados, envueltos en la misma atmósfera sagrada de nuestro gato negro abierto muerto profanado. Hicimos un pozo en la tarde. Trasladamos un gato rígido que se estaba pudriendo. Lo pusimos en el pozo y le echamos la tierra encima como si nos sobrara no sé qué margen de sensibilidad. Estamos perdidos, pero en el fondo no es un conocimiento nuevo y el gato lo único que vino a hacer con su aparición mortuoria y repentina fue ratificar algo ya sabido de antemano. Mostrarnos hasta qué punto estamos manchados, en qué nivel la maldición recayó encima nuestro, en este tiempo suspendido adonde parecía que la muerte había venido toda junta y se había tranquilizado por lo menos con nosotros. “Es un gato nada más” podés llegar a pensar. Que estoy exagerando, que no hay maldición y que no es que la muerte haya vuelto a decir nada. Yo te digo que un gato abierto así no puede ser nada más que un gato. Que si bien extra sensibilizados artificiosamente hay algo ahí, en el olor fuerte, en la mueca de la boca, en las heridas blancas e incomprensibles que están haciendo con nosotros un paranoide trabajo semiótico. No podemos no leer los signos de una aparición semejante. Córdoba es gris, incluso en esos días de sol amarillo al mediodía y está bien que así sea: tiene que sobrevolar a nuestras cabezas una nube constante. Tiene que confundirse siempre en el invierno que está llegando, despacio, incluso ahora con el calor te lo digo, tiene que ser siempre una sola gran cosa gris con su muerto encima. No tiene nombre. No nombramos en ningún momento al gato aparecido, nosotros que por los nombres tenemos cierta debilidad. Nos gusta la referencialidad sagital de ciertas informaciones incluso civiles. Pero el gato no tiene nombre ni lo va a tener. Es un gato y al mismo tiempo es una baldosa gris. Es un pozo y un cuerpo abierto haciéndose tierra. Una figura negra llenando una tumba. Es Córdoba en algún sentido. Así podría llamarse al fin de cuentas (maldita debilidad por las nomenclaturas). Nuestro gato negro muerto abierto aparecido, la maldición que siempre supimos teníamos encima, no tiene nombre pero calladamente podemos empezar a decirle “Córdoba”.
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Hace un tiempo, en la narración de unos hechos policiales, en la parte que corresponde a la masa oscura que había dejado el resto diurno de uno de esos hechos, yo decía que los lentes negros tipo Rayban (así lo decía refiriéndome a los tipo aviador) eran un tipo de lentes que producían un desfasaje conmigo en tanto criatura social. Por esta razón en parte, cuando pensé en comprarme lentes negros de nuevo, decidí salirme de ese canon y tratar de conseguir algo que se amoldara mejor a mi condición (pensando otra vez en términos de lo social). Sobre todo, lo que estaba buscando en ese cambio era salir del vidrio verde o marrón, que indefectiblemente deja que se te vean los ojos, y pensaba buscar algo totalmente negro para que, en los días de sol amarillo, terrible de mediodía en verano, la gente no pudiera ver nada de cómo estuviese llevando la expresión en mi cara. Esta negación negra de la mirada pensaba, tenía mucho más que ver con lo que yo era socialmente: alguien menos sofisticado y elegante que el aviador trasparentando a través del verde. Pero cuando salimos con Linares de la óptica donde finalmente me compré los lentes (a sacar plata de un cajero automático), fue porque había decidido comprarme unos tipo aviador Rayban, marrones en degradé, que dejaban ver casi completamente mis ojos. Y si bien veníamos leyendo signos hasta antes de entrar en la óptica e incluso después (a veces de manera acertada y otras erróneamente) no reparé en esa determinación al parecer inevitable, de caer siempre en el mismo tipo de lentes de sol. En el primer cajero no pudimos sacar la plata, entonces tuvimos que caminar más cuadras, por una ciudad que me presentó, como hacía mucho que no pasaba, un tipo de experiencia urbana desajustada incluso para la propia ciudad (digo un tipo de experiencia y no una experiencia en particular; es decir: gente, movimiento, personas raras, autos demasiado lujosos, un camión de bomberos sonando una bocina en una calle céntrica apurado hacia donde veíamos salía humo de algún lugar). Decía entonces que pudimos sacar la plata de este segundo cajero y cuando volvimos a la óptica, después de cruzar un ciego mientras decíamos que los ojos eran el reflejo del alma, no sólo me compré los lentes marrones en degradé sino que también me compré un especímen raro, unos lentes con la forma de los aviador pero absolutamente negros, del material que son los lentes deportivos envolventes. Me compré los dos pares y me sentí en una época que en realidad nunca terminé de vivir del todo por una cuestión etaria (la del “deme dos”; época que en realidad no acuñó esa frase, ya que después Facundo dijo pertenecía originalmente a la época de Martínez de Hoz y no a esa que pensábamos nosotros). Me compré los dos pares de lentes de sol decía, y gracias a Linares pagué los dos pares a doscientos pesos cerrados (que era, por otra parte, la cantidad exacta que había sacado del segundo cajero al que habíamos entrado). “Dos gambas” le dije literalmente al tipo de la óptica y él repitió “dos gambas”, haciéndome precio, casi en el mismo tono en el que lo había dicho yo y puso cada par de lentes en su respectiva caja de seguridad. Pocas veces salí de un local tan convencido de una compra como este día, y a falta de lentes oscuros para cubrirme del sol amarillo del mediodía, salí con dos cajas de lentes una en cada mano.
De ahí fuimos con Linares primero que nada a hacerle una guardia periodística a Facundo, sentándonos en las inmediaciones de su casa, porque no usa celular y teníamos que verlo en principio por una cuestión de psicoactividad, y también por una posible y próxima actividad laboral. Era viernes y el día estaba hermoso. Mientras hacíamos la guardia, sentados en una plaza antes de la plaza principal, vimos dos chicas agarradas de la mano: “la gente es cualquiera” le dije a Linares, no por las chicas que estaban agarradas de la mano, sino porque pensé en los pensamientos de la gente al ver dos chicas agarradas de la mano. Y me di cuenta que mi fascismo (soy consciente de un grado casi elevado de fascismo en mí) era complejo e impredecible, y eso me produjo cierta tranquilidad en el espíritu. Para hacer tiempo, puesto que Facundo no aparecía por su casa y no respondía el teléfono, bajamos por una de las calles principales hasta la plaza principal repleta de artesanos, y vimos floggers por todos lados como hormigas, vestidos para mí de una manera oriental posmoderna, tratando de identificar a los que denominamos floggers fundamentalistas: pantalones a veces fluorescentes, musculosas blancas o fuxias, peinados raros, todos juntos en el cruce de cuatro esquinas, generando un movimiento real en la calle y un movimiento real de lo que fuere, porque los floggers existen y son muchos, más allá de las críticas incluso algunas bien fundadas que suelen recibir, hay un hecho irrevocable y es la existencia concreta de estas personas en la vida real y su cantidad más que significativa. Cuando llegamos a la plaza principal recorrimos, entre la cantidad abrumadora de gente, los stands de los artesanos (yo con las dos cajas que tenían adentro un par de lentes cada una en cada mano), básicamente buscando al Lolo: una criatura subnormal nacida en Villa Iris, en parte criada en uno de los fonavi de Bahía Blanca, y que se convirtió desde hace un tiempo en una especie de artesano vendehumo disfrazado de una mezcla de Benicio del Toro (en su papel del Dr. Gonzo) y Coco Silli. La idea era ponerle enfrente a dos grandes partes de su pasado: a Villa Iris representada en Linares, y a uno de los fonavi de Bahía Blanca representado en mí. Cuando lo encontramos el Lolo estaba descolocado atrás de una mesa de tenedorcitos con los dientes doblados, y ante mi saludo pareció caer de algún lado y nos miró a los dos, sin entender del todo la relación de las dos partes. “Trabajo metales” dijo cuando le pregunté qué hacía y nos fuimos casi inmediatamente.
Todo el tiempo lo llamamos a Facundo a ver si volvía a la casa. Dimos unas vueltas más por la plaza viendo cosas, la prensa trabajando en una camioneta en vivo, con una antena de un canal neuquino arriba. Volvimos a lo de Facundo (es decir: volvimos a hacer el trayecto por la calle principal entre las dos plazas) y le dimos unos minutos más. Cuando decidimos que era tarde, que teníamos que volver y dejar para otro día las actividades con Facundo fue ese un momento bisagra. Sentados en la ventana que da al frente de la casa, yo con los dos pares de lentes en las manos, me di cuenta que había perdido las llaves del auto. Un hecho contingente, algo que en primera instancia ni siquiera es muy grave. “¿Ya las perdiste alguna vez?” me peguntó Linares. “Siempre me como el flash de que las pierdo” le dije yo, “pero nunca las había perdido”. En ese momento sonó mi celular y vi que en la pantalla decía MADRE. Atendí y después de escuchar lo que tenía para decirme le pregunté si había otra llave del Renault. Me dijo que no, y entonces me di cuenta que el problema casi mínimo ahora era un problema un poco mayor. Eran las nueve de la noche y en el auto había quedado ropa mía. No me quedaba más que intentar encontrar las llaves (algo muy poco probable) o volverme en colectivo hasta mi casa y volver a la mañana siguiente con un cerrajero. Cambiar los dos tambores de las cerraduras (puerta y arranque) me daba cuenta, podía costarme bastante más que lo que me habían costado los dos pares de lentes negros. Ahora Linares tenía que irse caminando a cenar con una pareja amiga y yo volverme en colectivo a mi casa. Caminamos por momentos callados, pasando entre la gente constante de la calle principal que habíamos tomado al principio, haciendo de nuevo el camino que habíamos hecho pero de manera muy distinta, viendo gente a veces conocida que yo no saludaba por el trance en el que podía llegar a empezar a entrar; y digo así (uso esa construcción verbal tan complicada) porque nunca terminé de entrar en un trance. Entre la gente pasó una amiga lesbiana de Ignacio y me pegó en la panza, rápido por la vereda angosta de esa calle principal. Yo me di vuelta y levanté la mano. Llegamos a la plaza y fuimos a uno de los bancos adonde habíamos estado sentados. No encontramos nada y traspasamos la plaza. Me acordé que había paro de colectivos y vi que Linares cruzaba la calle y se iba para una de las esquinas más céntricas. “¿Adónde vas?” le pregunté desde la vereda. “Tengo que irme” me dijo él y yo le dije “es cierto” y nos saludamos brevemente. Él siguió caminando para esa esquina y yo fui a una parada de colectivos donde había dos tipos sentados. “¿Sabés si hay paro de colectivos?” le pegunté a uno. “Sí” me dijo, “hasta mañana a las seis no pasan”. Entonces pensé que en algún punto eso era positivo: si bien no veía cómo iba a solucionar mi problema no quería volverme a mi casa en colectivo y dejar el auto toda la noche con cosas adentro. Decidí volver a hacer el camino inverso por cuarta vez y llegar hasta el auto mirando el piso, mientras seguía llamando a Facundo con el celular todo el tiempo. Volvía por la calle principal que habíamos hecho ya tres veces, levanté la mirada del piso y vi una compañera de estudios que venía caminando enfrente mío, bajé la mirada inconscientemente sumido en los pensamientos y en mirar la vereda, pero la volví a subir para saludarla, y ella miró para otro lado. No supe cómo leer esto pero me llamó la atención que, si bien no del todo enroscado, yo fuese más sociable que esta chica que parecería en primera instancia no tener ningún tipo de problemas. Y ahí reparé en mi asombrosa tranquilidad (no estaba casi para nada alterado), pero al mismo tiempo me di cuenta de que si volvía a mi casa y dejaba el auto estacionado adonde había quedado, iba a tener que tomar alguna cosa, un clonazepam o algo así para poder dormir, porque ahí sí me iba a enroscar sentado en el sillón, o en la cama cuando quisiera dormir iba a pensar de más y a hacer cuentas, a poner cosas en una balanza y no iba a poder dormir. Volví a la plaza anterior a la principal y mientras estaba buscando las llaves volvió a sonar mi celular con la palabra MADRE para ver si las había encontrado, y yo aproveché para decirle que había paro de colectivos, que tenía que venir a buscarme en su auto. “Pero todavía no” le dije; “quiero llegar hasta el auto; no vengas hasta que no te avise”. Y volviendo para el auto cuando doblé por la calle de Facundo había un taxi parado en la puerta, con el baúl abierto repleto de bolsas blancas de nylon con productos adentro. De algún lado apareció la mamá de Facundo (sin Facundo) y me dijo “llegás justo para ayudarme a bajar las cosas”. Yo le dije que sí, que no había problemas, y antes de empezar a bajar la cantidad increíble de bolsas entré al living y dejé las dos cajas con los lentes de sol adentro. Terminamos de bajar las cosas y cuando le dije que tenía el problema que tenía me dio unos números de cerrajeros las 24 horas. Los agarré y fui hasta el auto a ver no sé bien qué cosa, intenté abrir las cuatro puertas y estaban cerradas, llamé al cerrajero y me atendió un contestador automático.
Volví hasta la casa de Facundo y volvió a sonar mi celular con la palabra MADRE. “Encontré una llave con el signo de Renault” me dijo, “pero me parece que es de otro auto”. “Traéla” le dije yo y empecé a signar todo en términos de, ahora por lo menos, una esperanza concreta. “Es un hecho mínimo, para nada grave, contingente” pensé en relación a las llaves y llamé por teléfono a la mamá de Facundo porque no escuchaba los golpes de la puerta. Y una vez que me abrió, la espera a que mi mamá trajera esa posible llave se centró en eso, en lo contingente y trivial de haber perdido unas llaves, en contraposición a toda una serie de, en algún punto, catástrofes posibles a las que un conductor de autos está expuesto. Sentados en el living, con la cantidad excesiva de bolsas blancas llenas de productos desparramadas por el piso, la mamá de Facundo me contó cómo le habían robado cuando todavía manejaba cinco autos. Cómo habían sido casi todos recuperados por la policía y cómo los había ido a buscar a lugares inhóspitos. Me contó cómo, durante la época de la guerra de Malvinas, había volcado en la ruta por tener las luces tapadas para no ser vista por radares ingleses. Cómo había aparecido un auto de frente y ella se había ido a la banquina, llevando tres pasajeros más a las seis de la mañana, y cómo las camperas infladas y el cinturón de seguridad les habían salvado las vidas. Me contó cómo había golpeado la cabeza contra el asfalto cuando el auto volcó en la oscuridad de esa mañana insipiente, yendo a un pueblo de la zona a dar clases de inglés: las luces tapadas a radares militares ingleses para dar clases de inglés. Y mientras escuchaba entre las bolsas blancas de nylon, por momentos se me venía a la mente una huella con la forma de un rombo, inevitablemente, rombo que tenía la llave que al final trajo mi mamá y que abrió la puerta de mi auto, y que terminó de resignificar (o de devolverle la dimensión que tenía en un principio) esa compra que había hecho con Linares más temprano de dos pares de lentes de sol. Todo es una cuestión de estados de ánimo ratifiqué, y los estados de ánimo cambian.
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No me voy con nadie. Si me cruzo ahora en un colectivo (no podría vivir en un lugar sin colectivos de línea), puedo hacer muchísimas cosas, algunas alternativas de freak sexual, pero no me voy, creo.
Ya escribí eso, de en parte cómo no puedo vivir sin los trayectos de línea, y que no podía escribir poemas.
Todo lo demás, incluso lo del Fortex, fue para llenar.
Qué te voy a decir, qué puedo decirte.
También escribí lo otro: lo que tiene que ver con la fiebre. Del estado ambiguo del calor que te hace temblar, de lo necesario que es el lugar de la fiebre, precisamente eso, que es un lugar, adonde uno está y listo.
Pero esto es otra cosa. No es escribir que no puedo escribir poemas. Estoy desorientado. Voy a hablar del monstruo:
“te acordás de eso que había más allá de nosotros, que éramos en parte algo de ese monstruo (uno que se venía transfigurando porque siempre estuvo como “eso”, es eso, lo que siempre estuvo pero nunca la misma forma en dos etapas diferentes), que venía y nos decía, entrábamos a una casa abandonada y encontrábamos (con el pretérito imperfecto de los sueños – aunque todo haya pasado en serio-) una nariz de payaso, de payaso rojo; una vez vimos también un globo ir a contraviento, y un perro duro en medio de la vereda, y marcas que aparecían con ciertas marcas a su vez arriba que decían, que todo se trataba de lo mismo, que siempre fue una misma cosa: “eso”. Bueno, ahora tenía que cambiar, porque en su propia naturaleza estuvo siempre ser siempre la misma cosa y nunca la misma forma. Ahora deberíamos haber crecido supongo. Nosé. Pero el monstruo tenía otra cara, eso seguro. Una que se parecía demasiado a la que teníamos nosotros (teníamos la misma cara entre nosotros!!!!!! Nunca nos llamó la atención????? El monstruo tenía nuestra propia cara!!!!!)
Estamos limón. Es eso. Es “eso”. Cuando crecimos todo se redujo a la droga. No creemos más en nada (antes creíamos en los globos a contraviento, en los perros duros, en las narices rojas de payasos rojos sobre el césped verde de una casa abandonada, ahora no). Ahora en un olor de un perfume (un Aqua de Colbert ponéle o algo que te hace latir el corazón rápido, en un vértigo profundo, que asusta un poco pero que también te gusta). Ahora es “eso”. Empieza a tener otro color, olor, todo. Llegamos al monstruo, contáme un poco cómo fue la forma de ese último monstruo:
“el monstruo al principio fue un exceso. Fue el olor del Aqua mezclado con el ropi, que tenía un olor anestésico, también de jote, de vino con gaseosa y panga, de correr gente con bates, de sentarnos en un pasillo diminuto siendo jóvenes, y de reírnos del Pitufo hasta que nos tirase un ladrillo haciendo una parábola visible en la luz amarilla, y de pensar que ese ladrillo que venía hasta donde estábamos nosotros era un cartón de vino, y de sorprendernos cuando ese ladrillo tocara el suelo y en vez de explotar en líquido se deshiciera en pedazos de tosca. Pero también fue, y por sobre todas las cosas, un monstruo diurno: esos árboles violeta que formaban como una especie de signo estático en la luz dominical de Florencio Sánchez. Y el monstruo terminó (en realidad esa forma del monstruo) con un par de muertes prematuras. El presagio de mierda también tiene que ver con dos muertes, frescas de hace poco, que conmovieron a la opinión pública local. Muertes de personas jóvenes de nuevo y que yo inevitablemente volví a relacionar con “eso”.
Qué querés que te diga.
Una de las primeras formas del monstruo tiene que ver con el barrio marginal en el que viví la mayor parte del tiempo, con formas que dependen de un período histórico supongo: una campera naranja que llevaba puesta mi mamá, en el frío durante el transcurso que separaba lo que era nuestro dúplex de un teléfono público Entel con forma de huevo. Tiene que ver con una certeza infantil en la conformación de los objetos, en lo que estuvieron ocultando siempre, en un entretejido sólo visible a ojos infantiles. Naranja era también una bolsa de dormir que llevé al campo de Ignacio cuando fuimos con Rodrigo y donde, después de contarles que existía “eso”, Rodrigo inmediatamente vio un payaso a la manera de un Roschard en los dibujos blancos de esa bolsa de dormir naranja. No quiero ser divergente. Pero había algo monstruoso en ver de cerca los rombos de la circunferencia de un semáforo prendido: el entretejido sólo visible a ojos infantiles.
Soñé con algo que me cubría y no sabía lo que era
Terror absoluto
***
Cuando era chico los semáforos eran un conocimiento social: eran en un principio lo que ve todo el mundo – es decir, desde adentro de un auto tres colores redondos. Pero al tiempo descubrí “eso”; siendo peatón en una esquina vi el detalle, los rombos que hay en la circunferencia para el caso de color verde. Hay una oración de Flaubert que sirve para decir eso que no puedo decir con palabras y es algo complicado, ya sé, porque tiene una palabra jodida, con connotaciones fuertes, pero que me sirve me parece para llenar ese espacio: dice Flaubert que “Dios está en los detalles” y es una oración ambigua porque puede entenderse por un lado que Dios es un tipo detallista, y por otro que en los detalles está Dios, y la acepción que tomo es justamente la segunda, ésta de que en los detalles está Dios y le doy entonces una importancia central a los detalles, de eso hablo, de cuando vi los rombos en la circunferencia de un semáforo prendido: el detalle ese que solamente puede llegar a ser visto de cerca.
Archivado en: prosa | Etiquetas: deja vu, Franklin Kaysedo, locura, paranoia
Acabo de tener un deja vu. Esta historia tiene que empezar así. Y digo tiene porque el deja vu es terriblemente arbitrario. Hay en todo el proceso ese sentimiento axiomático de lo que es irreversible. Fue hace un rato. Estaba Franklin Kaysedo cantando un tango en televisión y sentí un mareo en la cabeza. El deja vu es mayormente psíquico pero también se siente en el cuerpo. Kaysedo cantaba un tango tristísimo y oscuro y empezaron a venirme a la cabeza sentimientos irrefutables y arbitrarios pero que encerraban todo un sistema de sentido, que me incluía y a la vez me decía: acá empieza tu historia, tu verdadera historia, y es al mismo tiempo el momento en el que se te termina todo. Miré para la escalera y de la música se desprendía lo siguiente (como si fuera lo único que desde el principio hubiera estado viviendo constantemente): me venía que por alguna razón me iba a quedar así para siempre (y eso me asustaba); que ya había visto a ese tipo en Buenos Aires cuando era muy chico y que ni siquiera me acordaba; que yo era culpable de todo eso que estaba sintiendo por algo que había hecho hacía un tiempo, porque me había enroscado de más; que iba a ir hasta el teléfono e iba a llamarlo a Yvot para decirle lo que me estaba pasando (que estaba trabado en un deja vu constante y absurdo); que ese llamado era irracional y que precisamente ahí estaba mi salvación; que en el momento en el que me iba a volver irreconocible ya no me iba a poder pasar nada malo; que en ese comportamiento ilógico me iba a salvar (porque en el fondo llegaba a asustarme hasta a mí mismo); y que la única manera de tomar el poder de las cosas era mediante la locura. Y cada cosa que se me venía a la cabeza me desesperaba un poco porque acrecentaba el sentimiento de lo ya vivido y a su vez acrecentaba el sentimiento más terrible, el de que me iba a quedar así para siempre. Y entonces adentro de todo eso, con una música de fondo que ya no podía precisar de dónde venía, pensaba en cómo iba a ser la secuencia del teléfono; toda una charla con Yvot diciéndole lo que ya sabía que le iba a decir, todo el tiempo un segundo antes de decirlo, por ese puto deja vu que me empezaba a asustar de más. Y pensaba en Yvot porque era el único que podría llegar a entenderme, no se asustaría, me diría, ya sé, sos un boludo, enroscado, como siempre, estás flasheando, quedáte tranquilo que a mí me acaba de pasar lo mismo. Eso era lo que seguro me iba a contestar Yvot. Y yo iba a cortar el teléfono despacio. Y en ese silencio me iba a terminar de volver loco. Porque el deja vu iba a estar ahí. Y en ese preciso momento iba a sentir el poder de las cosas en el lóbulo de los ojos. Porque en la topografía corporal de la locura moderna, pensamos con Yvot hace un tiempo, este tipo de locura que te da poder (un poder raro que todavía no llego a precisar bien en qué consiste) está en el lóbulo de los ojos, y la paranoia está en el estómago y se mueve de adentro para afuera.
De adentro
para afuera.
Entonces las cosas dejaron de repetirse, y Franklin Kaysedo estaba ahí, cantando un tango terriblemente triste.