Los días empiezan a ser calurosos. A veces es algo que me salva. El día que se murió mi abuelo fue tibio y sin viento. Llegué a su cajón muy estimulado, a eso de las tres de la mañana. Me acuerdo del olor de las flores. Y de mi abuela que hablaba con su hermana y conmigo abajo de una luz muy tenue en una habitación de ahí al lado sobre los bichos del campo, los que eran lindos y los que eran feos. El día estuvo hermoso; yo estaba estimulado y me acuerdo de que volví con un solo pensamiento en la cabeza: hay que recuperar el valor de lo sagrado. Eso es lo único en que pensaba mientras miraba a mi abuelo en el cajón y sentía cómo unas gotas desconocidas hasta el momento me producían (en ese contexto) una extraña sensación de bienestar. Y después se hizo de día y la mañana estaba hermosa. Sin viento. Y toda una caravana de autos fue hasta el cementerio. Y volví con un solo pensamiento en la cabeza: hay que recuperar el valor de lo sagrado. Yo tenía el pelo teñido de negro. Un día antes, en el hospital, mi abuelo me había dicho: te queda mejor ese color de pelo. Y me había sonreído muy flaco desde su cama. Y ese recuerdo, sumado a su cara muerta en el cajón, (que atestiguaba un pasaje de cera hacia otro lado, un brilloso desprendimiento del mundo), y sumado también a esa ficticia sensación de bienestar que me invadía, constituyó para mí todo lo que de sagrado puede haber sobre la tierra.
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