Publicística


noviembre 30, 2009, 4:30 am
Filed under: Uncategorized

Sé que desde el principio esto es un experimento erróneo, y en realidad de experimento nada. No es la primera vez que me siento a escribir de esta forma, bajo un estado de ánimo particular que me domina y nada más. Y este encima es un estado de mierda. No es poético ni nada, no es una tristeza prosificable, es un estado de humor no ordinario nada más, o casi incluso demasiado ordinario. Un estado de humor de mal humor de mierda. Entonces sé que nada puede salir de acá. Pero igual me siento a escribir, para por lo menos dejar de pegarle a las paredes, a los perros, incluso al gato. Eso me dio la pauta, cuando le pegué al gato, que este estado era bastante extremo, que necesito algo fuerte para sacarlo de adentro. Porque al gato nunca le pego (al perro casi siempre)) EL GATO ES SAGRADO PARA MÍ, TRATO DE ESTAR con él incluso cuando está más desorbitado, cuando me rasguña la pared a las dos de la mañana para salir por la ventana, me levanto y le abro en pleno invierno, entra el frío y yo sin ropa lo levanto y lo dejo afuera con amor. Porque a él le pasa algo parecido, viene a mí, me busca y se mete en mi cama y pasa horas y días si fuese necesario abajo de una frazada, confraternado con la verga inmunda que pueda estar teniendo yo. Y yo puedo estar teniendo cualquier cosa, puedo estar padeciendo en mi cama, dándome vueltas SIN Poder dormir, por alguna mierda que me metí hace un rato en el organismo o lo que sea. El gato ahí está y me saca algo de lo que tengo manchado, se lo queda para él y en el medio de la noche más jodida ahí estamos. Es algo tan difícil de explicar, esa presencia cuando uno está realmente solo, todo lo que valoro en ese gato al que por eso nunca le pego ni siquiera en mis peores momentos. Y hace un rato  le pegué cuando vino a pedirme comida, a maullarme con su poca vergüenza acostumbrada. Y me di cuenta de que estoy mal, y de que tengo que hacer algo rápido. Por lo pronto tom´e un vaso de vino y me senté acá a escribir esta verga, y si en un rato no me sale nada (para salir de mi casa a romperme la cara sobre todo) voy a volver a aquellas prácticas solitarias invernales de hace unos años donde me buscaba hasta en lo más hondo, me ponía a límite desde lo más profundo tratando de llegar un límite, incluso marginal. Voy a hacer eso, voy a salir solo, aunque sea en estas putas cuadras aledañas, de acá nomás, de cam´pos muertos oscuros alrededor de monoblocks cabezas, a fumar un porro y comerme el viaje que me tenga que comer. Ya le dije lo que le tenía que decir a cristina (incluso quizá demasiado diplomáticamente) y ante cualquier mensaje mi respuesta va  a ser el silencio. Necesito algo, es así, es una necesidad que está más allá de mi conciencia civilizada, entonces lo mejor que puedo hacer es solucionar esta mierda de la manera que sea, si es con una pastilla que sea y sino a como de lugar, porque me doy cuenta, lo puedo sentir cabalmente, quedarme así, tratar de domeñar la concha puta de la sensación esta de mierda es insalubre, con mis recursos limitados, es algo que me quitaría salud, y por eso como antes (como aquellos inviernos solitarios) nunca mejor dicho que esas cosas que la gente dice que te matan a mí me van a salvar la vida y bienvenidas sean. Tengo que limpiarme, tengo que vomitar lo negro que tengo adentro, y paradójicamente eso lo consigo ensuciándome más. Me duele todo, ya, físicamente incluso. La espalda, anoche los riñones que aveces me hacen comer un viaje de mierda, me duelen, hay algo malo adentro mío. Tengo que vomitar negro, urgente, todo lo que inmundamente negro tengo adentro.  Ya fue. Es lo que pude hacer, es el principio espero en esta noche de mi salvación parcial, después vendrá lo que viene siempre, incluso la sofisticada cotidianeidad limitada, la burguesa idea de mantenerme en el centro. Después capaz vuelva a escribir esto, en un rato más tarde u otro día cuando haya pasado ya, en otro estado de ánimo y desde otra posición sobre las cosas.



como ese instante bastante terrible de la keta
septiembre 20, 2009, 7:22 pm
Filed under: prosa | Etiquetas:

Como ese instante bastante terrible de la keta, muy distinto del àcido aquel del parque donde me habías dicho te salta la chafi después, ese momento medio terrible de instantáneo de la keta donde fui hasta la cocina a hacer como que iba a acomodar algo, a darle tiempo en realidad para que llegara al sistema nervioso central y ahí nomás, incluso en el primer paso que di, siete más o menos antes de la cocina choqué un poco a la trola, ahí me di cuenta de que la keta era un momento terrible, y cuando llegué a la cocina sencillamente ya todo había caído, toda la sensación estimulante encima de mí y decidí volver sobre mis pasos, algo asustado y te vi a vos con los ojos eyectados, con el mismo pánico inmediato en la cara. Ahí reconocí entonces que lo mío era miedo, del más básico, sobre todo por eso, por la sorpresiva aparición de repente. Después todo se volvió chato, es cierto, e incluso quizá demasiado. Algo de la presión intracraneana llegó a confundirnos pero no mucho más. Así, aunque no encuentre relación entre estas dos partes, y aunque sepa seguro que el montaje es sentido puro,

me levanté absurdo a agarrar el teléfono, y pensé de nuevo que solamente al chabón puedo llamar de esta forma. Suelo hacerlo para preguntarle cosas rarísimas; me levanté y fui hasta el teléfono y llamé al chabón para preguntarle, para corroborar algo de mi memoria monstruosa, justo al chabón que si le contás algo le generás el recuerdo. Sin importarme eso lo llamé para que me ratificara o rectificara en el peor de los casos, si aquella vez hace alrededor de diez años, sentados en la curva esa que hace Caronti con Urquiza en lo de Mariana Blanco con José Arribillaga vimos doblar un auto, y abrirse exactamente en esa curva cerrada una puerta de donde salió rodando un bebé hasta la calle, hasta el cordón cuneta, ahí nomás a metros de donde estábamos sentados nosotros, para que me ratificara toda esa escena de drama griego, todos los adultos bajándose desesperados a buscar al bebé que había rodado por el asfalto.

Y me dijo que sí, que todo había pasado como yo se lo decía y que había sido un momento de alta tensión dramática: un 504 que dobló demasiado cerrado en una curva por naturaleza cerrada y un bebé que rodó al abrirse la puerta y etcétera. Hacía tanto que no lo llamaba al chabón, que fueron unos minutos largos de divagación, de saber en qué andábamos, más allá de lo contingente de una anécdota extraordinaria, qué drogas estás consumiendo, qué drogas querrías estar consumiendo y entonces qué se yo, sí, otra vez lo mismo pero es así, ya algo en el nivel de lo inevitable de haber sido, de ser y seguir siendo un bicho de nuevo que centra determinadas relaciones, determinadas concepciones de las cosas (aunque absolutamente no todas) en base a efectos psicoactivos de determinadas sustancias. Entonces el chabón me contó el flash terrible de un ácido que tomó en Rosario con una mina que solamente fumaba porros y tomaba whisky,

el flash de que en realidad la mina era un travesti, todo el tiempo mirándole la cara abajo de una luz distorsionada por efectos de una droga fuerte pensando que en realidad mejor nada pasara a mayores porque abajo de ella, a través de su ropa había cosas que mejor ni pensar, algo en su perfil recortado que después terminó siendo un gran absurdo relacionado con todo un sistema de sentidos en base a cómo justamente se siente uno en determinadas situaciones, en determinados contextos, otra vez en relación a lo contingente del estado de ánimo de uno en una fecha circunstancial, basado sobre todo en cuestiones que pasan por afuera de lo que uno se hubiese metido adentro. No era un trapo. Era una mina abajo de una luz rara a través del foco de un chabón distorsionado, sugestionado por la forma en que su perfil se recortaba en determinados momentos además de en un juego de inevitables sombras adentro de una habitación en Rosario.

Y mientras hablamos por teléfono aquel día estábamos mirando el mismo partido de River por Libertadores, y en una llegada nos frenamos los dos y dijimos algo en relación a lo que estábamos viendo paralelamente a la distancia. ¿Podés creer? Hay un espejo que es mejor no mirar. La merca te inhibe, no podés comer, no podés coger, no podés dormir, temblás, es una cagada. Es todo lo mismo, volvés a lo mismo y terminás escribiendo las mismas cosas. No sé qué voy a hacer de acá en adelante, no podría decir, absolutamente, qué cosas voy a dejar de hacer, en lo pragmático, hasta incluso podría pensar que voy a seguir siempre igual, alternadamente en caminos arduos todo el tiempo. No sé. Hay algo patético en todo ésto, no en la anécdota pintoresca esa del chabón que flasheaba que una mina era un travesti, ni siquiera en la otra algo terrible de un bebé rodando por el asfalto, sino sobre todo en estar escribiendo de nuevo un itinerario duro, haciendo de algo secundario (algo que debería estar en segundo plano) el centro de la escena. Ese es el mayor peligro. Y lo digo en serio, es un peligro realmente jodido; como decía aquella canción: la pendejada de que todo es igual, siempre igual, todo igual, todo lo mismo.



FRAGMENTO DE LA ENTREVISTA QUE LE HICE A DÉMIAN NARRENSCHIFF
agosto 24, 2009, 4:45 pm
Filed under: Crítica, prosa | Etiquetas: , , ,

“del periodismo me gusta su relación pragmática con el discurso y de la literatura su capacidad experimental”

“defino mi literatura como periodística en tanto las cosas que escribo no son para la posteridad, es decir no podrían formar una antología literaria de ningún tipo, sino que tienen vigencia durante un tiempo muy reducido a partir del momento de haber sido escritas. Un texto mío, después de dos meses, está caduco, puede llegar a servir no para mucho más que envolver alguna cosa. La única razón que encuentro para volver a un texto viejo es para recuperar algún recuerdo perdido, que tiene sólo valor para mí, un ejercicio vulgar de índole nostálgica. Más allá de eso no podría recuperar nada, mucho menos en términos literarios. Mis textos no podrían realizar un libro, trascendente e imperecedero, y en ese sentido digo que mi literatura es periodística: sirve únicamente para describir el estado de cosas de un momento determinado.”



AL FINAL EL COLOMBIANO PUDO PASAR LA FRONTERA
abril 19, 2009, 11:27 pm
Filed under: prosa | Etiquetas: , ,

Básicamente pudo gracias a Samuel, quien le pagó el pasaje a Chile. Samuel, desde la segunda llegada conflictiva del colombiano a la ciudad, decidió apadrinarlo de alguna manera. Le compró ropa, comida, horas de internet en un cyber. Lo acompañó hasta la primera cuadra de la calle San Juan, para dar pero también para pedir explicaciones, desobedeciendo una orden judicial que prohibía al colombiano  acercarse a un radio menor a seis cuadras de la casa de la menor, y fue despedido de manera violenta por parte de los familiares. Ya antes al colombiano hermanos de la menor le habían pegado, mientras él solamente se limitó a taparse la cabeza y quedarse quieto en el piso sin hacer otra cosa más que soportar. Capaz un sentimiento sencillo, de lástima, hizo que Samuel moviera todos sus hilos para atenuar la sacrificada existencia del colombiano. “Lo vi bajar las escaleras de la pieza de Samuel”, dijo la Foca, “con un vaso inmenso de cristal lleno de yogurt y galletitas en una mano, con una sonrisa de oreja a oreja”. “Samuel vuela”, dijo la Foca. Compra libros sobre marketing inmobiliario y los lee en la pieza que alquila. Va a conferencias en hoteles importantes sobre mercado inmobiliario y comparte con los conferencistas opiniones diversas en relación a dicho mercado. Pero Samuel no tiene propiedades para vender ni piensa comprar nada. Es músico y lo único que lo acerca a ese mundo son los libros que compra y las conferencias a las que asiste, en calidad de no se sabe bien qué. “Samuel vuela” dice la Foca, y sigue hablando de Samuel cuando uno le pregunta por el colombiano. El colombiano ya pasó la frontera y la Foca intenta no pensar en la suerte que pueda estar teniendo. Algo de lástima mezclada con un poco de culpa lo hacen plantearse esta estrategia. Sentimientos que, al parecer, el colombiano sabe muy bien despertar en las personas. La Foca no quiere saber nada del colombiano: si pudo pasar la frontera de Chile con Bolivia, si los padres lo van a recibir como un hijo legítimo cuando llegue a Colombia, o si alguna vez va a poder al fin de cuentas encontrarse de nuevo con la menor en algún lugar inhóspito del Globo.



El colombiano no pudo pasar la frontera
abril 15, 2009, 1:48 am
Filed under: prosa | Etiquetas: , ,

El colombiano básicamente no pudo pasar la frontera. Cerca de Junín de los Andes la autoridad fronteriza correspondiente les informó (a él y a la menor) que había una orden de captura y que nadie podía pasar a ningún lado. Lo que se hizo fue llamar al Padre de la menor para que fuera a buscarla hasta aquel puesto de frontera, quien decidió levantar los cargos contra el colombiano y traerlo de vuelta con ellos en el auto. Levantó los cargos básicamente por ser consciente del amor que su hija siempre le tuvo al supuesto secuestrador. Pero llegados a Neuquén decidió jugar sucio. En un momento en que el colombiano bajó a una estación de servicio para ir al baño, el Padre sacó del auto la mochila del colombiano y sencillamente siguió viaje. El colombiano, según él mismo dijo, cuando salió y vio la mochila en la estación de servicio lo que hizo fue “caminar hasta Choele Choel”, es decir algo más de 200 Km. De ahí llegó hasta Bahía Blanca de alguna forma y, según la Foca, ahora “vive abajo de un árbol” mientras busca trabajo para volverse a Colombia. Ese “abajo de un árbol” en realidad significa “en un galpón cerca del Cholo”. Esto último porque la familia de la menor, obviamente, ya no está dispuesta a hospedar al colombiano. La menor, por su parte, fue llevada a 80 Km de su casa y obligada a escribirle una carta al colombiano, de puño y letra donde le dice que ya no lo quiere, que se vuelva a Colombia y que empiece otra vez una nueva vida. El colombiano, mientras tanto, sigue entre nosotros, haciendo el recorrido que hay desde El Cholo hasta el centro de la ciudad y piensa cómo hacer para que todo se solucione; es decir: piensa cómo juntar “x” cantidad de plata, cómo encontrarse de nuevo con la menor, y cómo de nuevo mientras ésta no cumpla los 21 poder pasar la puta frontera argentina.



A Yiyo lo llaman por celular
abril 9, 2009, 2:37 am
Filed under: prosa | Etiquetas: , , ,

Tengo que decir cómo son las cosas, todo lo que está pasando, aunque no sea para nada todo lo que está pasando, ni siquiera la gran parte de las cosas que están pasando, sino algo anecdótico en realidad, de barrilete que anda por ahí y se cruza gente. A Yiyo lo llaman por celular y es un policía que lo acusa de ser cómplice del secuestro de una menor. Que un colombiano que estaba viviendo en el domicilio de esta menor etcétera y que él es cómplice en tanto no de información sobre este colombiano. Y Yiyo no sabe nada del colombiano. No sabe que vino de Colombia “por tierra”, porque es más barato, que estaba parando en la casa de la menor con la familia de ésta que lo decidió hospedar, en una casa que en realidad son tres, en la primera cuadra de la calle San Juan, la madre de la menor y algunos hermanos en una de las tres casas, y el padre en otra alrededor de un patio porque son separados. No sabe que el colombiano tiene pensado jugar al fútbol en la primera de Guatemala (acá llegó con la intención de jugar en Olimpo), pero sí sabe que antes estuvo probándose en Brasil, y también conoce las escasas capacidades del colombiano para jugar al fútbol porque en más de una vez jugó con él. Y entonces no sé qué número le quiere dar al policía que le pregunta adónde están el colombiano y la menor, e Ignacio le agarra el teléfono y lo manda a la mierda al policía. Así nomás en una primera instancia y después otro policía lo llama de nuevo a Yiyo, cuando ya está en su casa. Cae una mina al otro día etcétera.

La foca el día anterior a todo ésto llegó al parque en el auto violeta con el colombiano atrás y le preguntó a Yiyo si tenía las llaves de su casa jodiendo, para ponerlas “en la mochila del colombiano”, y nos cagamos todos de risa. Jugamos al fútbol y al toque el colombiano se va con la menor, para el lado de Chile, y entonces ahí se hace una denuncia y la policía empieza a investigar.

Después, todo lo demás, es LA COSA COTIDIANA.



“la vuelta en la ruta” (4:15 AM Apr 4th from web)
abril 6, 2009, 11:40 pm
Filed under: prosa | Etiquetas: , ,

Cristina no quería que saliéramos a la ruta así, siendo la noche tan cerrada y cayendo la lluvia como estaba cayendo. Yo le dije que a mí la lluvia me gustaba mucho, y que lo disfrutara, que no había posibilidad ninguna de chocar con otro auto. Le dije que manejar en la ruta con lluvia no era algo nuevo. Le conté cuando manejando en una ruta brasilera, confundido por una señalización diferente a la nuestra (líneas discontinuas en curvas y subidas), vi venir un auto de frente, un juego de luces mientras pasaba un camión, y tuve tiempo de mirar por el espejo y ver a mi familia dormir o jugar cartas mientras nadie se había dado cuenta del peligro que estábamos corriendo, y cómo me latió el corazón aquella vez. Suelo decirle con cierto placer cosas que me gustan y que pertenecen a nada diáfano: las noches cerradas, los gatos, los lémures que parecen salidos de neuropsiquiátricos, los rayos y los truenos, la locura. Lo mismo pasa con Pastor: una vez estando metidos en el mar el día se transformó rápido, el cielo se hizo negro y el calor excesivo se volvió un viento frío, y yo le dije que me gustaban las tormentas. Él las consideró algo caótico y me señaló el otro lado del mar, la parte de cielo todavía celeste. Pero más allá de esa ratificación de identidad (la afirmación de gusto por ciertas cosas oscuras), volver solo en la ruta cerrada en este caso particular, después de haber dejado a Cristina, fue raro; algo hubo que se relacionó adentro mío con la tormenta que estaba pasando por afuera del auto: un impulso de arriesgar la propia vida gratuitamente. Así, en ese plan tácito conmigo mismo, hice la vuelta en la ruta. Y hubo una curva en especial que después, cuando ya había llegado a mi casa y habían pasado algunas horas, costó sacarme de la cabeza, persistió en una sensación angustiosa ¿Qué necesidad tenía de pasar un auto en una curva, a 100 km/h con la posibilidad de que estuviese viniendo otro auto de frente, en la oscuridad cerrada mientras los limpiaparabrisas iban rápido y hacían el ruido que estaban haciendo? ¿Cuánto tardé en bajar los niveles de lo que haya producido químicamente en esa curva, y por qué esa sensación posterior de profundo decaimiento? Me pareció cocainómana, tanto la primera vertiginosa sensación de no saber si estaba viniendo algún auto de frente, como la posterior sensación de desamparo espiritual. Me sentí solo, después de haber arriesgado la vida de manera estúpida, y sentí que esa soledad era una decisión mía, y que iba a ser más adelante, cuando tuviera que serlo, una responsabilidad imposible de denegar a ninguna persona. Decidí no volver a hacerlo nunca más, tomar un riesgo de esa manera, y entonces me di cuenta de que no, que esas cosas van a volver, que es difícil en determinados contextos manejar ciertos impulsos, y que además al fin de cuentas esos impulsos son, así como las afirmaciones de gusto por ciertas cosas oscuras, una ratificación quizá algo extrema de identidad.

……………………………………………………………………………………………………………………………………………………

EN MIS SUEÑOS LE DECÍA A CRISTINA QUE LE SACARA UNA FOTO A TODO LO QUE PUDIESE, A ESOS ANIMALES QUE ESTABAN SANGRANDO AL COSTADO DE LA RUTA, QUE APROVECHARA EL ÁNGULO DE VISIÓN QUE NOS DABA LA SUBIDA PORQUE ARRIBA HABÍAN MÁS, ANIMALES COMO PUESTOS CON MUECAS MUY RARAS, ABAJO DEL SOL, Y CRISTINA SE REÍA, DISFRUTABA TODO ESO TANTO COMO LO ESTABA DISFRUTANDO YO.